Sesión 4. Debatiendo la inclusión


¿Qué he hecho?

¡Hoy ha sido una sesión muy guay y provechosa! La dinámica de hoy ha sido propuesta por una compañera de clase. Nos ha pedido que cambiásemos la disposición de las mesas, y formásemos un círculo, así hemos creando un clima de cercanía donde todos podíamos vernos la cara.

Para realizar la dinámica hemos utilizado el juego de mesa llamado Dixit. Este juego está formado por cartas bastante creativas y muy diferentes unas de otras. Las cartas se han dispuesto por algunas mesas y cada una hemos tenido que coger una que represente nuestro estado de ánimo de hoy.

De forma aleatoria, nos hemos presentado, descrito nuestra carta y compartido con el grupo la razón de la elección. En mi caso, he elegido una carta que tenía en su centro un pájaro de fuego. El motivo ha sido porque mi horario de trabajo finaliza a las 16:00 y las clases comienzan media hora más tarde. Debido al poco tiempo del que dispongo para llegar a clase, siento que prácticamente vengo volando. Además, por la rapidez siempre llego acalorada, por lo que me también me identifico con las llamas del pájaro.

Esta dinámica no solo ha servido para recordarnos los nombres de los compañeros, sino que además tiene un significado más profundo. Con esta pequeña actividad nos hemos abierto a los demás en un ambiente de confianza y hemos descubierto cosas que de otro modo no habríamos conocido. Además, este tipo de dinámicas nos invita a romper barreras y a ver más allá de la simple apariencia de las personas, de lo superficial.

Para la sesión de hoy había que traer leídos unos textos que Anabel compartió a través de la plataforma de la facultad, el objetivo era debatir las ideas en clase. Hemos aprovechado la disposición de las mesas para realizar la tertulia. Anabel, nos ha pedido que cerrásemos los portátiles, no quería que apuntásemos nada, solo que disfrutásemos de la experiencia, nos sintiésemos a gusto y aportásemos nuestras ideas y opiniones. A partir de ese momento, hemos comenzado con nuestro aprendizaje dialógico.

Anabel, ha guiado el debate a través de preguntas, y hemos ido compartiendo nuestras ideas, experiencias, opiniones con los demás. Realmente ha sido un debate muy participativo. Pocas veces he trabajado temas a través de debates, y reconozco que he reforzado mejor los contenidos de los temas mediante el debate que memorizándolos y repitiéndolos sin más.

Tras la tertulia, tengo los conceptos y el contenido más claro, porque hemos profundizado más en los temas, y, además, el hecho de compartir ejemplos facilita la comprensión, al menos para mí.

Después del debate, Anabel nos ha presentado la actividad en la que trabajaremos en la siguiente sesión, consiste en crear talleres vivenciales. Cada grupo podrá encargarse de un tema: clima, metodología o evaluación. Por grupos, deberemos crear nuestro taller aplicando todo lo que hemos aprendido hasta el momento sobre educación inclusiva.

Mi equipo de trabajo esta formado por Belén, Vicky, Carmen y yo, Marina.

Desde el primer momento, todas hemos coincidido en el tema en el que nos gustaría trabajar: el clima. Todas nos sentimos fascinadas por las dinámicas de comienzo de clase y nos encantaría crear una propia, así que en cuanto hemos recibido el "ok" de Anabel, nos hemos puesto manos a la obra y hemos realizado una lluvia de ideas para buscar inspiración y puntos en común.

Al finalizar la sesión, ya teníamos clara la idea en la que queríamos trabajar, y casi todo el material listo. Hemos aprovechado el tiempo del que disponíamos en clase para trabajar juntas como un equipo, aportando ideas, escuchándonos unas a otras, participando y colaborando activamente.

¿Qué he aprendido?

Leerme los textos con tan poco tiempo de marguen me ha resultado bastante tedioso porque no los he disfrutado tanto como si hubiera dispuesto de más tiempo, aun así, sí que he aprendido tras su lectura y me han servido para reforzar contenidos que ya habíamos tratado en clase y para poder enfrentarme al debate.

He consolidado la idea de educación inclusiva. No se trata de crear aulas específicas para niños con necesidades educativas especiales y presentarlas como un entorno inclusivo. Al contrario, el enfoque de la educación inclusiva es integrar a todos los alumnos en el aula ordinaria. Tampoco se trata de dividir al alumnado según sus capacidades. Este tema se comentó durante el debate y me recordó una experiencia que viví durante la etapa educativa obligatoria.

En el pueblo en el que he vivido toda mi vida solo hay un colegio y ofrece educación hasta segundo de la eso. Al finalizar este curso, los niños de mi pueblo debemos trasladarnos al pueblo vecino para continuar nuestra formación académica. Recuerdo que justo al llegar, a todos los alumnos nos sometieron a exámenes en las asignaturas troncales: lengua, matemáticas e inglés. Dependiendo de los resultados te asignaban una clase u otra. Había tres niveles A, B y C. Aquellos con mejores resultados se quedaban en el nivel A, mientras que aquellos con resultados más bajos eran encasillados en el C, quedándose el nivel B como algo intermedio entre los extremos.

Pienso que cometieron y siguen cometiendo, porque me consta que continúan haciéndolo, un grandísimo error. Cada niño tiene su propio ritmo de aprendizaje y unas circunstancias personales distintas, con motivaciones diferentes. Este enfoque de clasificación no es beneficioso, no se crean grupos heterogéneos donde aquellos que enfrentan dificultades en alguna materia puedan enriquecerse de otros que tienen mayor habilidad en dicha materia. En lugar de fomentar un ambiente colaborativo donde nos beneficiáramos unos de otros, nos pusieron una etiqueta que nos dividía: los que pertenecían al A eran vistos como los más inteligentes y prometedores, mientras que los que pertenecían al C eran considerados menos capaces y, por lo tanto, no esperaban gran cosa de ellos. Tenía amigos en todos los niveles, y recuerdo como amigos del nivel C se sentía desmotivados, sin ganas de superarse a sí mismos porque, aunque se les decía que debían mejorar no se les proporcionaba las herramientas o el apoyo necesario para hacerlo. Esta práctica educativa es todo lo contrario a educación inclusiva, pues un sistema educativo de calidad debe ofrece condiciones equitativas que permitan a cada alumno avanzar, teniendo presente los valores de equidad y calidad (Muntaner, 2014).

Recordar esta experiencia me ha hecho reflexionar sobre la importancia de la educación inclusiva. Necesitamos una educación que reconozca y valore a todos los alumnos independientemente de las capacidades y el ritmo de aprendizaje que presenten, necesitamos docentes que crean en sus alumnos, que los motiven, que promuevan la colaboración entre ellos, y eliminen las etiquetas que tanto influye en las expectativas que ellos mismos se crean. A menudo nos venden la creación de las aulas específicas, que comenté anteriormente, como inclusión, pero la verdadera inclusión es que cada niño pueda contribuir al grupo y beneficiarse del aprendizaje colectivo.

También he aprendido que las adaptaciones superficiales del currículo no es educación inclusiva. Inclusión no es simplificar el contenido, reducir el número de tarea o ajustar la meta del aprendizaje sin cambiar la metodología, en definitiva, inclusión no es recibir las tareas de manera más fácil. Un docente comprometido con la educación inclusiva ofrece previamente los contenidos de aprendizaje de manera que sean accesibles para todos los niños y aplica una metodología que implique aprender de manera significativa que presente diferentes formas de participar, de aprender y de evaluar.

En cuanto a la evaluación, durante mi de experiencia como alumna he sido testigo de cómo a la hora de evaluar los docentes parten de la idea de que todos los estudiantes somos iguales y se centran únicamente en los resultados finales, sin valorar los progresos individuales, por pequeños que sean. Una evaluación inclusiva implica utilizar criterios diversos y flexibles, donde se valore el progreso individual, los diferentes estilos de aprendizaje, capacidades y situaciones sociales y de salud (Calatayud, 2019). Además, una evaluación inclusiva debe permitir al niño expresar su aprendizaje más allá de una prueba escrita. Es imposible que el potencial de un alumno pueda evaluarse a través de una única prueba que ofrece una sola forma de expresar sus conocimientos.

Utilizar un modelo inclusivo en el aula garantiza las mismas oportunidades y condiciones a todos los estudiantes (Muntaner, 2014). A diferencia del modelo tradicional, el modelo inclusivo reconoce que cada niño puede tener diferentes necesidades, por lo que el docente deberá emplear diversos métodos de enseñanza y evaluación para que sus alumnos puedan acceder al conocimiento y expresarlo de diferentes maneras. Además, este modelo promueve el aprendizaje colaborativo intentando crear un clima de trabajo en el que todos los alumnos se sientan valorados y escuchados. Aplicando esta metodología a nuestra práctica educativa mejoraremos el aprendizaje académico de nuestros alumnos y, además ayudaremos a favorecer sus habilidades socioemocionales (empatía, respeto, cooperación)

Gracias a las sesiones de Anabel he vivido la experiencia de pertenecer a un aula inclusiva con una metodología y evaluación inclusiva y conozco lo poderosos resultados que se obtienen: un aprendizaje significativo donde todos hemos tenido la oportunidad de aprender a través de diferentes vías de representación de la información (lecturas, debates invitados especializados en el campo…); oportunidades reales de conseguir el objetivo de aprendizaje (diferentes maneras de presentar lo aprendido, conocimiento de los pasos para conseguir el objetivo… entre otros); motivación e implicación (opciones de elegir temas en los talleres, elección del porcentaje del portafolio y talleres…); un grupo fuertemente cohesionado, participativo e integrador.

Además, gracias a Anabel he modificado mi visión de educación inclusiva y soy consciente de todos los beneficios que se consiguen con su práctica. Necesitamos incorporar en los centros una educación de calidad y ofrecerle a nuestro alumnado oportunidades reales de aprender y conseguir las metas dentro de un clima de colaboración donde todos se sientan valorados. No dudo de que se trata de un camino difícil y que llevará su tiempo, porque para lograrlo necesitamos un compromiso real por los docentes y por las familias de nuestro alumnado, y en muchas ocasiones prefieren mirar hacia otro lado y seguir con sus aulas, métodos, y evaluaciones tradicionales. Pero, como siempre me decía mi abuela cuanto más duro es el camino más dulce es el sabor de la victoria.

¿Cómo me he sentido?

En otro momento de mi vida académica, el simple hecho de saber que tendría que participar en un debate habría hecho que los nervios se apoderasen de mi durante varios días. Siempre me ha preocupado como me verían los demás si me equivocaba o decía algo incoherente, o si no encontraba las palabras adecuadas en el momento preciso. Sin embargo, me siento tan contenta de que no haya sido así.

Creo que parte de la tranquilidad que he sentido se debe a que Anabel se ha esforzado en cohesionarnos como grupo desde la primera sesión. Siento el aula como un lugar de confianza donde expresarnos libremente, de respeto donde cada opinión cuenta, de apoyo donde cuando te quedas atrapado en una idea o no sabes cómo continuar, un compañero sale en busca de ti y te ayuda. Gracias a este clima de trabajo he sentido la confianza de participar sin la presión de la perfección. Me siento satisfecha y llena de confianza para seguir trabajando con mi grupo de clase.

Además, trabajar con el grupo de trabajo que me ha tocado ha sido una experiencia realmente agradable. Desde el principio, todas hemos colaborado y aportado ideas de manera abierta, sin críticas ni presiones por ninguna compañera. Me he sentido cómoda porque cada una ha aportado de sus ideas, habilidades, experiencias y las demás nos hemos ido enriquecido de las propuestas trabajando juntas en lugar de competir. Esta sensación de pertenencia y apoyo no solo ha hecho que el trabajo sea productivo, sino también una fuente de motivación y aprendizaje colectivo. Creo que hablo que nombre de todas cuando digo que hemos disfrutado del proceso, y no solo del resultado final.

Tengo muchas ganas de presentar con mi grupo la dinámica de cohesión grupal al resto de la clase. Después de todo el esfuerzo y las horas de planificación que hemos dedicado, estoy emocionada por saber cómo reaccionaran nuestros compañeros al conocer nuestra dinámica y si resultará efectiva.

¿Qué me queda por aprender?

Esta es la penúltima sesión, ya solo queda la última en la que cada grupo presentará su taller vivencial. Nos encontramos en la recta final, y aunque he aprendido mucho, yo soy del tipo de persona que piensa que siempre quedan cosas por aprender, sobre todo en la educación, donde los profesionales debemos seguir formándonos y reciclándonos continuamente para poder atender a nuevas situaciones que se vayan presentando en el día a día.

Una de las cosas que considero que me quedan por aprender es la gestión de la conducta en el aula. Por ejemplo, me gustaría conocer estrategias, herramientas y recursos que me permitan resolver una situación de conflicto entre los niños de manera inclusiva. Por ejemplo, recuerdo que, durante mis prácticas del grado en Educación Infantil en el aula había una especie de zona de calma con cojines, pelotas blanditas, juguetes sensoriales… entre otros. El objetivo de este espacio era que cuando los niños se sintieran enojados o frustrados pudiesen acudir a este espacio y relajarse, ofreciéndoles un apoyo para regular su autocontrol y sus emociones, pues una vez allí, cuando la seño observaba que el niño estaba más tranquilo, se acercaba y le hacía las siguientes preguntas: ¿Te apetece contarme que te pasa? Si la respuesta era si, entonces le preguntaba ¿Cómo te sientes? ¿Crees que puedes solucionarlo? ¿Qué puedes hacer? En ese momento, la seño intentaba ayudarlo a buscar una solución a lo que había pasado. Sin embargo, cuando la respuesta a la primera pregunta era "no" la seño dejaba que siguiera en calma en ese espacio, hasta que quisiera hablar de lo ocurrido o libremente se volviese a unir al grupo.

De esta manera, en el aula se estaba aplicando uno de los principios del DUA: múltiples formas de implicación. Este principio implica ofrecer opciones para la autorregulación donde se le ofrece a los alumnos la oportunidad de desarrollar la capacidad interna para reconocer sus emociones y reaccionar a determinadas situaciones. Se trata de una estrategia para que los niños desarrollen habilidades que les permitan regular sus emociones, conocer sus debilidades y fortalezas, aprender a buscar soluciones o pedir ayuda si la necesitan. Es conveniente que le ofrezcamos momentos de reflexión y de autoconocimiento (Alba, 2019) Dada la importancia de este principio, me gustaría conocer más recursos o herramientas que ayudase a mis alumnos a desarrollar este tipo de habilidades si dejar de tener presente la inclusividad.

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